En inglés, la palabra «timekeeper» tiene un peso intuitivo. Suena precisa, rítmica, casi burocrática. Cuando intenté traducirla al español, los resultados habituales (cronometrador o cronómetro) me parecieron vacíos, desprovistos de la mística cotidiana que contiene su forma inglesa. Como en tantos otros casos, el inglés fusiona dos palabras sencillas —time y keeper— en un término que apunta discretamente al cuidado, la custodia y el acto de guardar. Teniendo en cuenta la práctica de Morgan Corbitt, la frase «Guardatiempos Estándar» parece más acertada: una aproximación que honra tanto los aspectos mecánicos como metafísicos de su trabajo.
Hablando desde diferentes zonas horarias, Morgan mencionó que un cronometrador podría ser un péndulo. Desde su incorporación a los relojes en el siglo XVII, el péndulo se convirtió en un símbolo de precisión, un intento de disciplinar el tiempo a través de la repetición. Sin embargo, mientras nosotros pensamos en el tiempo como lineal, el péndulo insiste en un movimiento recíproco, una oscilación que vuelve una y otra vez, resistiéndose al progreso tanto como lo mide.
Las pinturas de Corbitt, en ese sentido, no son representaciones de momentos, sino recipientes de múltiples temporalidades. Cada lienzo suspende registros visuales e historias de fabricación distintos, del mismo modo que una vitrina de museo reúne objetos dispares bajo la ilusión de una cronología hegeliana. Las señales de tráfico de las últimas décadas chocan con la herrería de principios del siglo XX, las figuritas de la época de la Guerra Fría, una vela que se consume en pocas horas y se reproduce a sí misma
—el paso del tiempo sobre sí mismo—, una tienda de la esquina sacada de un paseo de la semana pasada. El tiempo, aquí, no es una línea, es un ritmo.
Cuando vi estas pinturas por primera vez, le pregunté a Morgan de dónde procedían los objetos. Me recordaron las visitas a Goodwill o al Ejército de Salvación con mis tíos: pasillos de vidas abandonadas, artefactos que ya no se querían y que esperaban ser recontextualizados. En algunas ciudades estadounidenses, la gente deja los restos de sus historias domésticas en la acera. Pasear por esos barrios es como hojear un archivo al aire libre: cada objeto es una reliquia de una breve permanencia, enmarcada por una arquitectura que se niega a asentarse en una sola época.
Esta obra surgió de navegar por Internet durante los confinamientos y, más tarde, por las calles del Área de la Bahía. Las composiciones se hacen eco de la estética fortuita de Craigslist, eBay y las estanterías de las tiendas benéficas. Corbitt crea collages con capturas de pantalla y listados de artículos de segunda mano, órganos de vidas posteriores. En una geografía saturada por la especulación de la industria tecnológica y la violencia silenciosa del desplazamiento, sus pinturas conservan los residuos sin pulir de una ciudad aún medio humana. Contienen lo que aún no ha sido optimizado: el pulso de un barrio, la melancolía de un anuncio olvidado, la belleza de un objeto que espera a su próximo dueño.
- Luis F. Muñoz